(1992) es un fotógrafo documental y cineasta mediterráneo cuyo trabajo se centra en la migración, los conflictos sociales y la despoblación. Sus proyectos exploran dos aspectos clave de la migración: el impacto en las comunidades que quedan atrás tras una emigración masiva y las rutas migratorias como espacios de resistencia, poniendo de relieve la falta de vías seguras y las dificultades que enfrentan quienes están en tránsito. Su obra está profundamente arraigada en la región mediterránea, explorando sus transformaciones sociales, económicas y medioambientales.
Ha trabajado como colaborador freelance para Ruido Photo o Revista 5W, entre otros. Inició su carrera como periodista independiente en 2015 en Lesbos, cubriendo la crisis de refugiados. Desde entonces, ha pasado más de una década documentando el sistema fronterizo europeo y las violaciones de derechos humanos en todo el continente.
Su trabajo ha sido reconocido con varios premios, entre ellos la Beca Joana Biarnés por Cartas a Mariví, un proyecto sobre la des-industrialización en España y el declive de las ciudades periféricas. Actualmente, se centra en la des-industrialización y la despoblación en España, así como en el éxodo por la ruta migratoria atlántica, analizando cómo afecta la migración a quienes deciden quedarse.
Las sombras ya tienen nombre
En la prisión de Sednaya dormíamos en la oscuridad. Nunca sabíamos a quién se llevarían. El prisionero era brutalmente golpeado, a veces hasta la muerte. Por la mañana, descubríamos que la persona a nuestro lado había muerto. Usaban porras eléctricas, barras de hierro, palos, piedras, cables y cualquier objeto para golpearnos.
Este es el testimonio de Mohammad Khaled Krayem, uno de los supervivientes de las cárceles sirias. Desde 2011, el régimen de Assad convirtió su sistema penitenciario en un arma de guerra para aplastar cuerpos a escala industrial. Al final, solo quedaban cuerpos rotos y sin vida, despojados de alma y dignidad.
Este reportaje, con imágenes y entrevistas a nueve supervivientes, revela esta realidad. Todos fueron encarcelados en centros de detención de inteligencia; seis pasaron por Sednaya. Dos lucharon con la oposición armada, dos desertaron del ejército y los demás eran civiles. Sus testimonios se apoyan en entrevistas con expertos, datos de organizaciones sirias y visitas a lugares clave tras la caída del régimen: Sednaya, la prisión de inteligencia militar conocida como la Rama Palestina y la morgue del hospital Al Mujtahid, donde llegaron decenas de cadáveres. Este sistema no solo encarceló y mató a rebeldes y desertores. Fue una red de prisiones, con Sednaya en su núcleo, donde desaparecieron manifestantes, médicos, activistas, periodistas, personal humanitario, obreros, taxistas y estudiantes. Gente corriente usada por la dictadura para sembrar el terror. Estas detenciones y ejecuciones arbitrarias no solo extorsionaron a miles de familias, sino que enterraron al país en el silencio y construyeron un aura de miedo y secretismo. Fue una máquina de muerte industrial. La trinchera lejos del frente donde el régimen justificó su existencia.